Lo repetíamos cada mañana. La maestra lo había enseñado un día, y ya no
faltó la frase ¡Seremos como el Che!al cierre de cada matutino. Era
entonces una consigna más y yo tardaría mucho en descubrir cuánto
significaba, y más aun en comprender cuán difícil sería llegar a la
estatura ética y moral de un hombre que nació en Argentina para
inmortalizarse en el mundo entero.
No fue la valía en la Sierra Maestra ni las peripecias en el Congo lo
que le hicieron grande. Ya lo era desde pequeño, cuando se sobrepuso al
asma y aun en casa aprendió con su madre las primeras letras, hasta que
la enfermedad lo dejó incorporarse a la escuela con nueve años.
Con el estudio comenzó a forjarse la conciencia de un Ernesto que se
interesaba por los problemas de su tierra natal, de la misma manera que
le apasionaba saber de cuanto acontecía en el mundo.
Clásicos de la
literatura universal y textos de Marx, Engels y Lenin enriquecían su
biblioteca personal, y le dotarían de una vasta cultura, al punto que a
los 17 años comenzó a escribir un diccionario filosófico.
A medida que pasaban los años el joven Guevara seguía creciendo como
ser humano. Y fueron mayores sus proezas: después de recorrer parte de
su país, se unió a un amigo y transitó en moto por Chile, Perú, Colombia
y Venezuela, donde conoció detalles de la vida en las zonas más pobres y
palpó de cerca la explotación y discriminación de los nativos.
De regreso a Buenos Aires se graduó de Médico, y esta vez fue más
lejos, hasta Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El
Salvador y, finalmente, Guatemala. En cada lugar se mantuvo junto a los
enfermos, los oprimidos, y fue más grande cada día, más Che, que es
igual que decir más amigo.
Fue tanto su comprometimiento con las causas justas que apenas conoció
de las ideas de Fidel, se enroló en una expedición incierta y arriesgada
hasta esta pequeña Isla, y venció las empinadas lomas de la Sierra
Maestra, alcanzó el grado de Comandante y lideró una de las columnas
invasoras.
Ya en la Cuba revolucionaria, promovió como ningún otro el trabajo
voluntario y la entrega desinteresada a la construcción de una sociedad
socialista, donde la explotación fuera solo una triste página del pasado
y el hombre nuevo edificara un futuro de justicia social.
Pero nada material le ataba a Cuba, solo esos lazos de afecto
invisibles e indestructibles le unían para siempre a esta Isla. Otras
tierras le reclamaban y hasta allá fue, a dar la vida, y mucho más. Che
murió lejos de aquí, y ciertamente fue así, pero la suya no fue como
otras muertes, que pasan, dejan una estela de dolor, y con el tiempo se
olvidan. Che adquirió mayores dimensiones y se convirtió en el símbolo
de las causas justas de todos los continentes.
Ser como el Che implica voluntad, altruismo, entrega a una causa,
humanismo, solidaridad, amor al prójimo, a la pareja; significa poner
por encima de todo el bien colectivo, sacrificar el bienestar propio y
ofrecer incluso lo más preciado: la vida.
Che es hoy el ícono de las izquierdas mundiales. Y más que en
pulóveres, carteles o grafitis, está tatuado en el alma de los pueblos,
invisible en la piel de esos niños que juran ser como el Che, y que
dentro de poco, cuando lo conozcan mejor, más allá de proclamarlo a viva
voz, intentarán serlo, por más difícil que parezca.